Llegué a la playa con la esperanza de ver algo distinto a lo que suelo ver en este lugar
al que acudo siempre que puedo. Me senté en la roca, cogí un puñado de arena la arrojé al mar, y vi desaparecer cada
grano, que perezosos, parecían querer volver a mi mano una y otra vez empujados por las olas que a la orilla llegaban sin prisa, pausadas,
como si quisieran reposara a mi lado.
¡Qué cosas! ¿Cómo es posible que
algo tan normal, -hablo del puñado de arena que he arrojado al mar- a mi me
parezca tan emotivo... ¿Sabes una cosas? Sé que más de un día tú harás lo mismo,
lo presiento.
¡Oh, Dios Mío! ¿Cómo puedo seguir pensando
en ti 375 días, multiplicados por tres? Haz la cuenta, delfín.
Miré a los peces que jugaban alrededor de
mis pies, y les dije. -Fijaos en mis pupilas, pequeños... en unos
momentos vais a ver cómo se humedecen, y el reflejo plateado de vuestras
escamas, y los rayos del sol, harán el efecto de espejo, prodigio que espero
sea mensajero de mis pensamientos a otra orilla.
375, multiplicado por tres. ¿...?
Macu.

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