mayo 29, 2015

Acércate y lee



Llegué a la playa con la esperanza  de ver  algo distinto a lo que suelo ver en este lugar al que acudo siempre que puedo. Me senté en la roca, cogí un puñado de arena   la arrojé al mar, y  vi desaparecer cada grano, que perezosos, parecían querer volver a mi mano una y otra vez  empujados por las olas que a la orilla llegaban sin prisa, pausadas, como si quisieran reposara a mi lado.

¡Qué cosas! ¿Cómo es posible que algo tan normal, -hablo del puñado de arena que he arrojado al mar- a mi me parezca tan emotivo... ¿Sabes una cosas? Sé que más de un día tú harás lo mismo, lo presiento.

¡Oh, Dios Mío! ¿Cómo puedo seguir pensando en ti 375 días, multiplicados por tres? Haz la cuenta, delfín.

Miré a los peces que jugaban alrededor de mis pies, y les dije.  -Fijaos  en mis pupilas, pequeños... en unos momentos vais a ver cómo se humedecen, y el reflejo plateado de vuestras escamas, y los rayos del sol, harán el efecto de espejo, prodigio que  espero sea mensajero de mis pensamientos a otra orilla.
375, multiplicado por tres. ¿...?

Macu.







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