Después de una semana con clima veraniego, llegó el frío de repente, y la playa, ahora si, se quedó solitaria. Sólo las olas y alguna gaviota me hacía compañía, cuando al abrigo de un sol, siempre generoso, me senté en la arena a meditar sobre la Navidad.
El vaivén de las olas de este precioso mar en calma, me invitaron a hacer un viaje imaginario, el que mi corazón anhela desde que te conocí. Me acomodé, cogí el libro y me puse a leer. Poco tiempo debió pasar, cuando una nube pasajera, que de pronto apareció en el cielo, alargó su dulces y esponjosos brazos y me rodeó la cintura envolviéndome con ternura, como una madre envuelve a un bebé. Cerré los ojos, y al abrirlos, me encontraba en un lugar paradisíaco; jamás había visto paisaje más bonito, una cala enclavada en una reserva Natural rodeada de rocas y pinos, con fácil acceso a una playa de arena fina y agua transparente y poco profunda. La primera intención fue subirme a una de esas rocas y tirarme desde ella al mar, nadar hasta rendirme, pero en ese preciso momento, un soplo de aire helado me despertó. Cogí el libro, la toalla, y volví a casa. Por el camino no dejaba de pensar en ese precioso lugar al que la nube gentil, en esa cabezadita, me había llevado. ¿Cómo se llamará esa Cala? el lugar lo sé pero el paisaje y esa playa tan bella... no tengo ni idea, porque jamás visité esa Ciudad que al principio de este relato dije que deseaba conocer esta navidad.
Espero, algún delfín generoso, -sé que existen- me saque de duda.
Espero, algún delfín generoso, -sé que existen- me saque de duda.
Macu..
